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El Pregón.

(la caballeriza de una venta en la Mancha de Aragón. Al levantarse el telón aparece el retablo, lleno por todas partes de candelillas de cera encendidas. La escena está dividida en dos secciones que corresponden al proscenio y al retablo. En la primera sección aparecen y accionan los muñecos representativos de las personas que se hallan en la venta. De estas figuras, la que representa a D. Quijote ha de ser, por lo menos, de doble tamaño que las restantes. La segunda sección de la escena, o sea el fondo, ocupado por el retablo, debe dar la impresión de algo independiente en absoluto de la primera. Es el verdadero teatro, y ha de estar colocado a una sensible altura del plano que ocupa el proscenio. Supónese que está sobre unas como andas cubiertas por cortinas, tras las que Maese Pedro manipula los muñecos. Aparece Maese Pedro, que hace cesar la música agitando fuertemente una campanilla. Maese Pedro, en ésta su primera aparición, lleva sobre el hombro izquierdo un mono grande y sin cola, con las posaderas de fieltro)

MAESE PEDRO
¡Vengan, vengan a ver vuesas mercedes el Retablo de la libertad de Melisendra, que es una de las cosas más de ver que hay en el mundo!

La sinfonía de Maese Pedro.

(Poco a poco van entrando en escena todos cuantos se supone que están en la venta, siendo los últimos en pasar don Quijote y Sancho. Los personajes se detienen ante la embocadura del retablo, examinándolo con gran curiosidad y haciendo mudos, pero expresivos comentarios. Cuando aparece don Quijote, Maese Pedro le saluda con ceremoniosas reverencias, ofreciéndole sitio preferente a uno de los lados del retablo. Luego, lentamente, los personajes van a ocupar sus sitios respectivos para presenciar el espectáculo, asomando la cabeza como si se hallasen de pie, hasta que Maese Pedro les invita a sentarse, en cuyo momento desaparecen, quedando sólo visibles las piernas de don Quijote. Éstas, muy largas y de cómico aspecto, permanecen durante la representación, ya en postura reposada, ya puestas una sobre otra. De vez en cuando, y especialmente en las interrupciones de don Quijote, deben aparecer en el proscenio las cabezas de los espectadores, todas o sólo algunas, según lo exija el momento escénico; pero, durante la mayor parte de la representación en el retablo, han de quedar ocultas a la vista del público)

MAESE PEDRO
¡Siéntense todos!
Atención, señores, que comienzo.

(Después de descargarse con gesto rápido del mono, se mete bajo las andas del retablo.
Entra El Trujamán con una varilla en la mano)

EL TRUJAMÁN
Esta verdadera historia que aquí a vuesas mercedes se representa, es sacada de las Crónicas francesas y de los Romances españoles que andan en boca de las gentes.
Trata de la libertad que dio el señor don Gayferos a su esposa Melisendra, que estaba cautiva en España, en poder de moros, en la ciudad de Sansueña.
Verán vuesas mercedes cómo está jugando a las tablas don Gayferos, según aquello que se canta:
"Jugando está a las tablas don Gayferos, que ya de Melisendra se ha olvidado."

Cuadro1: La Corte de Carlomagno.

(Sale el Trujamán, descorriéndose al mismo tiempo la cortina de la embocadura del retablo. Sala en el palacio imperial. D. Gayferos está jugando a las tablas con D. Roldán. Reaparece el Trujamán. No se cierran las cortinas del retablo, pero las figuras quedan inmóviles)

EL TRUJAMÁN
Ahora verán vuesas mercedes cómo el emperador Carlomagno, padre putativo de la tal Melisendra, mohíno de ver el ocio y descuido de su yerno, le sale a reñir, y después de advertirle del peligro que corría su honra en no procurar la libertad de su esposa, dicen que le dijo:
"Harto os he dicho, ¡miradlo!", volviendo las espaldas y dejando despechado a don Gayferos, el cual, impaciente de la cólera, pide apriesa las armas, y a don Roldán su espada Durindana.
Adviertan luego vuesas mercedes cómo don Roldán no se la quiere prestar, ofreciéndole su compañía en la difícil empresa; pero el valeroso enojado no la quiere aceptar, antes dice que él solo es bastante para sacar a su esposa, si bien estuviese metida en el más hondo centro de la tierra. Y con esto se entra a armar para ponerse luego en camino.

(Se reanuda la representación ocultándose el Trujamán. Esto hará cada vez que cesa su intervención, de no indicarse expresamente lo contrario. Entran los heraldos del emperador)

(Pavoneándose mucho aparece Carlomagno, seguido de caballeros y guardias de su corte. Don Gayferos y don Roldán cesan de jugar a la entrada de Carlomagno, levantándose de sus asientos y quedando inmóviles y en actitud respetuosa mientras el Emperador y su corte realizan un paseo circular por la sala. A una seña de Carlomagno, don Gayferos y don Roldán se le acercan. Entre los tres personajes cámbianse graves y pomposos saludos. Carlomagno se encara con don Gayferos, desarrollándose la escena ya explicada por el Trujamán. Crece por momentos el enojo del Emperador que al reconvenir a su yerno, golpea con el cetro la cabeza de don Gayferos. Carlomagno, volviendo airadamente las espaldas, recobra su porte mayestático y se aleja, precedido por los Heraldos y seguido de su corte, en la misma forma que entró en escena. Solos de nuevo don Roldán y don Gayferos, éste, despechado y colérico, arroja lejos de sí el tablero y las tablas, pidiendo a voces las armas, y a don Roldán su espada Durindana. Rechazada la petición por don Roldán, síguese una acalorada disputa entre ambos. Vase furioso don Gayferos y la cortina del retablo se cierra)

EL TRUJAMÁN
Ahora veréis la torre del alcázar de Zaragoza, y la dama que en un balcón parece es la sin par Melisendra, que desde allí, muchas veces, se ponía a mirar el camino de Francia, y puesta la imaginación en París y en su esposo, se consolaba en su cautiverio.
Verán también vuesas mercedes cómo un moro se llega por las espaldas de Melisendra, y la da un beso en mitad de los labios, y la priesa que ella se da en limpiárselos y cómo se lamenta, mientras el rey Marsilio de Sansueña, que ha visto la insolencia del moro, su pariente y gran privado, le manda luego prender.

(Torre del homenaje del alcázar de Sansueña. Como fondo, grandes lejanías.
Ábrese la cortina y se ve a Melisendra asomada a un balcón de la torre y en actitud contemplativa, con la mirada fija en la lejanía. Poco después, el rey Marsilio aparece paseando lentamente por la galería exterior del castillo. De vez en cuando, y sin ser visto del rey ni de Melisendra, aparece el Moro Enamorado, cautelosamente, y a espaldas de aquella.
Última aparición del Moro, que, paso a paso y puesto el dedo en la boca, se acerca a Melisendra. El beso. Grito de sorpresa y gestos de indignación de Melisendra, que se limpia los labios con la manga de su camisa.
Melisendra pide socorro a grandes voces mientras se mesa y arranca sus largos cabellos. El Rey Marsilio manda prender y castigar al Moro, que al huir ha caído en manos de los soldados de la guardia real. Llévanse al culpable)

Cuadro 2: Melisendra

EL TRUJAMÁN
Miren luego vuesas mercedes cómo llevan al moro a la plaza de la ciudad, con chilladores delante y envaramiento detrás, y cómo luego le dan doscientos azotes, según sentencia del Rey Marsilio, ejecutada apenas había sido puesta en ejecución la culpa, porque entre moros no hay traslado a la parte, ni a prueba y estése, como entre nosotros.

(Don Quijote, cuyas piernas han traducido por movimientos nerviosos su protesta contra las últimas palabras del Trujamán, se asoma al proscenio, encarándose con el muchacho)

DON QUIJOTE
Niño, niño, seguid vuestra historia línea recta, y no os metáis en las curvas y transversales, que para sacar una verdad en limpio menester son muchas pruebas y repruebas.

MAESE PEDRO
(sacando la cabeza por las cortinas)
Muchacho, no te metas en dibujos, sino haz lo que ese señor te manda: sigue tu canto llano y no te metas en contrapuntos, que se suelen quebrar de sotiles.

EL TRUJAMÁN
Yo así lo haré.

DON QUIJOTE
¡Adelante!

(Ocúltase Maese Pedro bajo el retablo, y don Quijote vuelve a sentarse)

Cuadro 3: El suplicio del Moro.

(Descúbrese el retablo. Plaza pública en la ciudad de Sansueña. La escena se llena de morisma. Llega el Moro culpable conducido por la guardia del rey y precedido por voceadores que leen al pueblo la sentencia condenatoria. Síguenle dos verdugos de feroz aspecto, provistos de largas varas.
El Jefe de la Guardia ordena que comience el suplicio, y el Moro es puesto entre los dos verdugos, en el centro de la plaza. Los verdugos azotan al culpable con golpes alternados. Se interrumpe el suplicio. Gran movimiento en la muchedumbre. Se reanuda el castigo. Cae el Moro. Los soldados se lo llevan a rastras, seguidos por los verdugos y la morisma)

EL TRUJAMÁN
Miren ahora a don Gayferos, que aquí parece a caballo, camino de la ciudad de Sansueña.

Cuadro 4: Los Pirineos

(Don Gayferos, al trote de su caballo y cubierto con una capa gascona, aparece
diferentes veces desde la falda hasta la cumbre de una montaña, como siguiendo un camino en espiral, llevándo en la mano un cuerno de caza)

EL TRUJAMÁN
Ahora veréis a la hermosa Melisendra, que, ya vengada del atrevimiento del enamorado moro, se ha puesto a los miradores de la torre y habla con su esposo creyendo que es algún pasajero, según aquello del Romance, que dice:
"Caballero, si a Francia ides, por Gayferos preguntade."
Veréis también cómo don Gayferos se descubre y qué alegres ademanes hace Melisendra al reconocerle, descolgándose luego del balcón, y cómo don Gayferos ase de ella, y poniéndola sobre las ancas de su caballo, toma de París la vía.

Cuadro 5: La Fuga

(Melisendra ocupa su puesto en el mirador de la torre. Por el camino que se extiende en el plano superior de la escena aparece don Gayferos a caballo, cubierto el rostro con su capa. El caballo lleva un paso tranquilo.
Melisendra hace señas al caballero para que se acerque. Llega don Gayferos al pie de la torre por el camino que ocupa el primer término de la escena. Diálogo de Melisendra y don Gayferos.
Don Gayferos se descubre. Alegría de Melisendra, que se descuelga del balcón por el lado de la torre opuesto al público. Don Gayferos, que acude a recogerla, reaparece con ella montada en las ancas de su caballo.
Ambos desaparecen al trote, cruzando los dos caminos ya indicados, y ciérrase la cortina)

EL TRUJAMÁN
(que desde este momento no abandona más la escena)
¡Vais en paz, oh par sin par de verdaderos amantes!
Lleguéis a salvamento a vuestra patria; los ojos de vuestros amigos y parientes os vean gozar en paz tranquila los días, que los de Néstor sean, que os quedan de la vida.

MAESE PEDRO
(asomando la cabeza por debajo del retablo)
¡Llaneza, muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala!

(Ocúltase)

(Descórrese por última vez la cortina del retablo y vuelve a aparecer la plaza pública de Sansueña. Vese al rey Marsilio corriendo presuroso en busca de sus guardias. Estos, que acuden al llamamiento del rey, reciben sus órdenes y parten precipitadamente)

Cuadro 6: La Persecución

EL TRUJAMÁN
(Al explicar la acción, va señalando con su varilla los muñecos que la representan. Durante el toque de alarma cruzan presurosamente por la plaza pequeños grupos aislados, y el rey, reapareciendo, sigue dando órdenes con gran premura)
Miren vuesas mercedes cómo el rey Marsilio, enterado de la fuga de Melisendra, manda tocar alarma, y con qué priesa, que la ciudad se hunde con el son de las campanas, que en todas las torres de las mezquitas suenan.

(Don Quijote da crecientes muestras de impaciencia, asomando la cabeza y pugnando por hablar)

DON QUIJOTE
(saltando de su sitio con visible indignación)
¡Eso no, que es un gran disparate, porque entre moros no se usan campanas, sino atabales y dulzainas!

MAESE PEDRO
(sacando de nuevo la cabeza)
No mire vuesa merced en niñerías, señor don Quijote.
¿No se representan casi de ordinario mil comedias llenas de mil disparates, y con todo eso siguen felicísimamente su carrera, y hasta se escuchan con admiración?

(Don Quijote, cuya indignación se ha ido calmando, asiente gravemente con signos de cabeza a las palabras de Maese Pedro)

DON QUIJOTE
Así es la verdad.

MAESE PEDRO
Prosigue, muchacho.

EL TRUJAMÁN
Miren cuánta y cuán lucida caballería sale de la ciudad en seguimiento de los dos católicos amantes.
¡Cuántas dulzainas que tocan, cuántas trompetas que suenan, cuántos atabales y atambores que retumban!
Témome que los han de alcanzar y los han de volver atados a la cola de su mismo caballo!

Final

DON QUIJOTE
(poniéndose de un brinco junto al retablo y desenvainando la espada)
¡Deteneos, mal nacida canalla, no los sigáis ni persigáis; si no, conmigo sois en la batalla!
¡Non fuyades, cobardes, malandrines y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete!

(Don Quijote, con acalorada y nunca vista furia, comienza a llover cuchilladas, estocadas, reveses y mandobles sobre la titerera morisma, derribando y descabezando a unos, estropeando y destrozando a otros, y dando entre muchos un altibajo tal, que pone en peligro la cabeza de Maese Pedro, ya fuera de su escondite, quien se abaja, se encoge y agazapa para evitar los golpes. Sancho Panza hace gestos de grandísimo pavor y el resto de los espectadores de la Venta va siguiendo con vivos y expresivos comentarios las peripecias de la acción)

MAESE PEDRO
¡Deténgase, deténgase vuesa merced, mi señor don Quijote; mire que me destruye toda mi hacienda!

DON QUIJOTE
¡Oh bellaco villano, malmirado, atrevido y deslenguado!

MAESE PEDRO
¡Desgraciado de mí!

DON QUIJOTE
¡Y vosotros, valeroso don Gayferos, fermosa y alta señora Melisendra: ya la soberbia de vuestros perseguidores yace por el suelo, derribada por este mi fuerte brazo; y porque no penéis por saber el nombre de vuestro libertador, sabed que yo me llamo don Quijote, caballero y cautivo de la sin par y hermosa Dulcinea!

MAESE PEDRO
¡Pecador de mí!

DON QUIJOTE
(absorto, con la mirada en alto)
¡Oh Dulcinea, señora de mi alma; día de mi noche, gloria de mis penas...

MAESE PEDRO
¡Desventurado!

DON QUIJOTE
.. norte de mis caminos...

MAESE PEDRO
¡Desdichado del padre que me engendró!

DON QUIJOTE
... dulce prenda y estrella de mi ventura!

MAESE PEDRO
¡Cuitado de mí!

DON QUIJOTE
(despertando bruscamente de su éxtasis y dirigiéndose a todos los presentes)
¡Oh vosotros, valerosa compañía; caballeros y escuderos, pasajeros y viandantes, gentes de a pie y a caballo!
Miren si no me hallara aquí presente,
¿qué fuera del buen don Gayferos y de la fermosa Melisendra?
¡Quisiera yo tener aquí delante aquellos que no creen de cuánto provecho sean los caballeros andantes!
¡Dichosa edad y siglos dichosos aquellos que vieron las fazañas del valiente Amadís, del esforzado Felixmarte de Hircania, del atrevido Tirante el Blanco; del invencible don Belianís de Grecia; con toda la caterva de innumerables caballeros, que con sus desafíos, amores y batallas, llenaron el libro de la Fama!

MAESE PEDRO
¡Santa María!

DON QUIJOTE
En resolución:
¡Viva, viva la andante caballería sobre todas las cosas que hoy viven en la tierra!
El Pregón.

(la caballeriza de una venta en la Mancha de Aragón. Al levantarse el telón aparece el retablo, lleno por todas partes de candelillas de cera encendidas. La escena está dividida en dos secciones que corresponden al proscenio y al retablo. En la primera sección aparecen y accionan los muñecos representativos de las personas que se hallan en la venta. De estas figuras, la que representa a D. Quijote ha de ser, por lo menos, de doble tamaño que las restantes. La segunda sección de la escena, o sea el fondo, ocupado por el retablo, debe dar la impresión de algo independiente en absoluto de la primera. Es el verdadero teatro, y ha de estar colocado a una sensible altura del plano que ocupa el proscenio. Supónese que está sobre unas como andas cubiertas por cortinas, tras las que Maese Pedro manipula los muñecos. Aparece Maese Pedro, que hace cesar la música agitando fuertemente una campanilla. Maese Pedro, en ésta su primera aparición, lleva sobre el hombro izquierdo un mono grande y sin cola, con las posaderas de fieltro)

MAESE PEDRO
¡Vengan, vengan a ver vuesas mercedes el Retablo de la libertad de Melisendra, que es una de las cosas más de ver que hay en el mundo!

La sinfonía de Maese Pedro.

(Poco a poco van entrando en escena todos cuantos se supone que están en la venta, siendo los últimos en pasar don Quijote y Sancho. Los personajes se detienen ante la embocadura del retablo, examinándolo con gran curiosidad y haciendo mudos, pero expresivos comentarios. Cuando aparece don Quijote, Maese Pedro le saluda con ceremoniosas reverencias, ofreciéndole sitio preferente a uno de los lados del retablo. Luego, lentamente, los personajes van a ocupar sus sitios respectivos para presenciar el espectáculo, asomando la cabeza como si se hallasen de pie, hasta que Maese Pedro les invita a sentarse, en cuyo momento desaparecen, quedando sólo visibles las piernas de don Quijote. Éstas, muy largas y de cómico aspecto, permanecen durante la representación, ya en postura reposada, ya puestas una sobre otra. De vez en cuando, y especialmente en las interrupciones de don Quijote, deben aparecer en el proscenio las cabezas de los espectadores, todas o sólo algunas, según lo exija el momento escénico; pero, durante la mayor parte de la representación en el retablo, han de quedar ocultas a la vista del público)

MAESE PEDRO
¡Siéntense todos!
Atención, señores, que comienzo.

(Después de descargarse con gesto rápido del mono, se mete bajo las andas del retablo.
Entra El Trujamán con una varilla en la mano)

EL TRUJAMÁN
Esta verdadera historia que aquí a vuesas mercedes se representa, es sacada de las Crónicas francesas y de los Romances españoles que andan en boca de las gentes.
Trata de la libertad que dio el señor don Gayferos a su esposa Melisendra, que estaba cautiva en España, en poder de moros, en la ciudad de Sansueña.
Verán vuesas mercedes cómo está jugando a las tablas don Gayferos, según aquello que se canta:
"Jugando está a las tablas don Gayferos, que ya de Melisendra se ha olvidado."

Cuadro1: La Corte de Carlomagno.

(Sale el Trujamán, descorriéndose al mismo tiempo la cortina de la embocadura del retablo. Sala en el palacio imperial. D. Gayferos está jugando a las tablas con D. Roldán. Reaparece el Trujamán. No se cierran las cortinas del retablo, pero las figuras quedan inmóviles)

EL TRUJAMÁN
Ahora verán vuesas mercedes cómo el emperador Carlomagno, padre putativo de la tal Melisendra, mohíno de ver el ocio y descuido de su yerno, le sale a reñir, y después de advertirle del peligro que corría su honra en no procurar la libertad de su esposa, dicen que le dijo:
"Harto os he dicho, ¡miradlo!", volviendo las espaldas y dejando despechado a don Gayferos, el cual, impaciente de la cólera, pide apriesa las armas, y a don Roldán su espada Durindana.
Adviertan luego vuesas mercedes cómo don Roldán no se la quiere prestar, ofreciéndole su compañía en la difícil empresa; pero el valeroso enojado no la quiere aceptar, antes dice que él solo es bastante para sacar a su esposa, si bien estuviese metida en el más hondo centro de la tierra. Y con esto se entra a armar para ponerse luego en camino.

(Se reanuda la representación ocultándose el Trujamán. Esto hará cada vez que cesa su intervención, de no indicarse expresamente lo contrario. Entran los heraldos del emperador)

(Pavoneándose mucho aparece Carlomagno, seguido de caballeros y guardias de su corte. Don Gayferos y don Roldán cesan de jugar a la entrada de Carlomagno, levantándose de sus asientos y quedando inmóviles y en actitud respetuosa mientras el Emperador y su corte realizan un paseo circular por la sala. A una seña de Carlomagno, don Gayferos y don Roldán se le acercan. Entre los tres personajes cámbianse graves y pomposos saludos. Carlomagno se encara con don Gayferos, desarrollándose la escena ya explicada por el Trujamán. Crece por momentos el enojo del Emperador que al reconvenir a su yerno, golpea con el cetro la cabeza de don Gayferos. Carlomagno, volviendo airadamente las espaldas, recobra su porte mayestático y se aleja, precedido por los Heraldos y seguido de su corte, en la misma forma que entró en escena. Solos de nuevo don Roldán y don Gayferos, éste, despechado y colérico, arroja lejos de sí el tablero y las tablas, pidiendo a voces las armas, y a don Roldán su espada Durindana. Rechazada la petición por don Roldán, síguese una acalorada disputa entre ambos. Vase furioso don Gayferos y la cortina del retablo se cierra)

EL TRUJAMÁN
Ahora veréis la torre del alcázar de Zaragoza, y la dama que en un balcón parece es la sin par Melisendra, que desde allí, muchas veces, se ponía a mirar el camino de Francia, y puesta la imaginación en París y en su esposo, se consolaba en su cautiverio.
Verán también vuesas mercedes cómo un moro se llega por las espaldas de Melisendra, y la da un beso en mitad de los labios, y la priesa que ella se da en limpiárselos y cómo se lamenta, mientras el rey Marsilio de Sansueña, que ha visto la insolencia del moro, su pariente y gran privado, le manda luego prender.

(Torre del homenaje del alcázar de Sansueña. Como fondo, grandes lejanías.
Ábrese la cortina y se ve a Melisendra asomada a un balcón de la torre y en actitud contemplativa, con la mirada fija en la lejanía. Poco después, el rey Marsilio aparece paseando lentamente por la galería exterior del castillo. De vez en cuando, y sin ser visto del rey ni de Melisendra, aparece el Moro Enamorado, cautelosamente, y a espaldas de aquella.
Última aparición del Moro, que, paso a paso y puesto el dedo en la boca, se acerca a Melisendra. El beso. Grito de sorpresa y gestos de indignación de Melisendra, que se limpia los labios con la manga de su camisa.
Melisendra pide socorro a grandes voces mientras se mesa y arranca sus largos cabellos. El Rey Marsilio manda prender y castigar al Moro, que al huir ha caído en manos de los soldados de la guardia real. Llévanse al culpable)

Cuadro 2: Melisendra

EL TRUJAMÁN
Miren luego vuesas mercedes cómo llevan al moro a la plaza de la ciudad, con chilladores delante y envaramiento detrás, y cómo luego le dan doscientos azotes, según sentencia del Rey Marsilio, ejecutada apenas había sido puesta en ejecución la culpa, porque entre moros no hay traslado a la parte, ni a prueba y estése, como entre nosotros.

(Don Quijote, cuyas piernas han traducido por movimientos nerviosos su protesta contra las últimas palabras del Trujamán, se asoma al proscenio, encarándose con el muchacho)

DON QUIJOTE
Niño, niño, seguid vuestra historia línea recta, y no os metáis en las curvas y transversales, que para sacar una verdad en limpio menester son muchas pruebas y repruebas.

MAESE PEDRO
(sacando la cabeza por las cortinas)
Muchacho, no te metas en dibujos, sino haz lo que ese señor te manda: sigue tu canto llano y no te metas en contrapuntos, que se suelen quebrar de sotiles.

EL TRUJAMÁN
Yo así lo haré.

DON QUIJOTE
¡Adelante!

(Ocúltase Maese Pedro bajo el retablo, y don Quijote vuelve a sentarse)

Cuadro 3: El suplicio del Moro.

(Descúbrese el retablo. Plaza pública en la ciudad de Sansueña. La escena se llena de morisma. Llega el Moro culpable conducido por la guardia del rey y precedido por voceadores que leen al pueblo la sentencia condenatoria. Síguenle dos verdugos de feroz aspecto, provistos de largas varas.
El Jefe de la Guardia ordena que comience el suplicio, y el Moro es puesto entre los dos verdugos, en el centro de la plaza. Los verdugos azotan al culpable con golpes alternados. Se interrumpe el suplicio. Gran movimiento en la muchedumbre. Se reanuda el castigo. Cae el Moro. Los soldados se lo llevan a rastras, seguidos por los verdugos y la morisma)

EL TRUJAMÁN
Miren ahora a don Gayferos, que aquí parece a caballo, camino de la ciudad de Sansueña.

Cuadro 4: Los Pirineos

(Don Gayferos, al trote de su caballo y cubierto con una capa gascona, aparece
diferentes veces desde la falda hasta la cumbre de una montaña, como siguiendo un camino en espiral, llevándo en la mano un cuerno de caza)

EL TRUJAMÁN
Ahora veréis a la hermosa Melisendra, que, ya vengada del atrevimiento del enamorado moro, se ha puesto a los miradores de la torre y habla con su esposo creyendo que es algún pasajero, según aquello del Romance, que dice:
"Caballero, si a Francia ides, por Gayferos preguntade."
Veréis también cómo don Gayferos se descubre y qué alegres ademanes hace Melisendra al reconocerle, descolgándose luego del balcón, y cómo don Gayferos ase de ella, y poniéndola sobre las ancas de su caballo, toma de París la vía.

Cuadro 5: La Fuga

(Melisendra ocupa su puesto en el mirador de la torre. Por el camino que se extiende en el plano superior de la escena aparece don Gayferos a caballo, cubierto el rostro con su capa. El caballo lleva un paso tranquilo.
Melisendra hace señas al caballero para que se acerque. Llega don Gayferos al pie de la torre por el camino que ocupa el primer término de la escena. Diálogo de Melisendra y don Gayferos.
Don Gayferos se descubre. Alegría de Melisendra, que se descuelga del balcón por el lado de la torre opuesto al público. Don Gayferos, que acude a recogerla, reaparece con ella montada en las ancas de su caballo.
Ambos desaparecen al trote, cruzando los dos caminos ya indicados, y ciérrase la cortina)

EL TRUJAMÁN
(que desde este momento no abandona más la escena)
¡Vais en paz, oh par sin par de verdaderos amantes!
Lleguéis a salvamento a vuestra patria; los ojos de vuestros amigos y parientes os vean gozar en paz tranquila los días, que los de Néstor sean, que os quedan de la vida.

MAESE PEDRO
(asomando la cabeza por debajo del retablo)
¡Llaneza, muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala!

(Ocúltase)

(Descórrese por última vez la cortina del retablo y vuelve a aparecer la plaza pública de Sansueña. Vese al rey Marsilio corriendo presuroso en busca de sus guardias. Estos, que acuden al llamamiento del rey, reciben sus órdenes y parten precipitadamente)

Cuadro 6: La Persecución

EL TRUJAMÁN
(Al explicar la acción, va señalando con su varilla los muñecos que la representan. Durante el toque de alarma cruzan presurosamente por la plaza pequeños grupos aislados, y el rey, reapareciendo, sigue dando órdenes con gran premura)
Miren vuesas mercedes cómo el rey Marsilio, enterado de la fuga de Melisendra, manda tocar alarma, y con qué priesa, que la ciudad se hunde con el son de las campanas, que en todas las torres de las mezquitas suenan.

(Don Quijote da crecientes muestras de impaciencia, asomando la cabeza y pugnando por hablar)

DON QUIJOTE
(saltando de su sitio con visible indignación)
¡Eso no, que es un gran disparate, porque entre moros no se usan campanas, sino atabales y dulzainas!

MAESE PEDRO
(sacando de nuevo la cabeza)
No mire vuesa merced en niñerías, señor don Quijote.
¿No se representan casi de ordinario mil comedias llenas de mil disparates, y con todo eso siguen felicísimamente su carrera, y hasta se escuchan con admiración?

(Don Quijote, cuya indignación se ha ido calmando, asiente gravemente con signos de cabeza a las palabras de Maese Pedro)

DON QUIJOTE
Así es la verdad.

MAESE PEDRO
Prosigue, muchacho.

EL TRUJAMÁN
Miren cuánta y cuán lucida caballería sale de la ciudad en seguimiento de los dos católicos amantes.
¡Cuántas dulzainas que tocan, cuántas trompetas que suenan, cuántos atabales y atambores que retumban!
Témome que los han de alcanzar y los han de volver atados a la cola de su mismo caballo!

Final

DON QUIJOTE
(poniéndose de un brinco junto al retablo y desenvainando la espada)
¡Deteneos, mal nacida canalla, no los sigáis ni persigáis; si no, conmigo sois en la batalla!
¡Non fuyades, cobardes, malandrines y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete!

(Don Quijote, con acalorada y nunca vista furia, comienza a llover cuchilladas, estocadas, reveses y mandobles sobre la titerera morisma, derribando y descabezando a unos, estropeando y destrozando a otros, y dando entre muchos un altibajo tal, que pone en peligro la cabeza de Maese Pedro, ya fuera de su escondite, quien se abaja, se encoge y agazapa para evitar los golpes. Sancho Panza hace gestos de grandísimo pavor y el resto de los espectadores de la Venta va siguiendo con vivos y expresivos comentarios las peripecias de la acción)

MAESE PEDRO
¡Deténgase, deténgase vuesa merced, mi señor don Quijote; mire que me destruye toda mi hacienda!

DON QUIJOTE
¡Oh bellaco villano, malmirado, atrevido y deslenguado!

MAESE PEDRO
¡Desgraciado de mí!

DON QUIJOTE
¡Y vosotros, valeroso don Gayferos, fermosa y alta señora Melisendra: ya la soberbia de vuestros perseguidores yace por el suelo, derribada por este mi fuerte brazo; y porque no penéis por saber el nombre de vuestro libertador, sabed que yo me llamo don Quijote, caballero y cautivo de la sin par y hermosa Dulcinea!

MAESE PEDRO
¡Pecador de mí!

DON QUIJOTE
(absorto, con la mirada en alto)
¡Oh Dulcinea, señora de mi alma; día de mi noche, gloria de mis penas...

MAESE PEDRO
¡Desventurado!

DON QUIJOTE
.. norte de mis caminos...

MAESE PEDRO
¡Desdichado del padre que me engendró!

DON QUIJOTE
... dulce prenda y estrella de mi ventura!

MAESE PEDRO
¡Cuitado de mí!

DON QUIJOTE
(despertando bruscamente de su éxtasis y dirigiéndose a todos los presentes)
¡Oh vosotros, valerosa compañía; caballeros y escuderos, pasajeros y viandantes, gentes de a pie y a caballo!
Miren si no me hallara aquí presente,
¿qué fuera del buen don Gayferos y de la fermosa Melisendra?
¡Quisiera yo tener aquí delante aquellos que no creen de cuánto provecho sean los caballeros andantes!
¡Dichosa edad y siglos dichosos aquellos que vieron las fazañas del valiente Amadís, del esforzado Felixmarte de Hircania, del atrevido Tirante el Blanco; del invencible don Belianís de Grecia; con toda la caterva de innumerables caballeros, que con sus desafíos, amores y batallas, llenaron el libro de la Fama!

MAESE PEDRO
¡Santa María!

DON QUIJOTE
En resolución:
¡Viva, viva la andante caballería sobre todas las cosas que hoy viven en la tierra!



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